ESTIGMA DE UN RASPÓN.
Ahora, a mis veintidós, mi viejo trota unos metros y suelta mi bici (otra vez) ¡Me emociona ver como me desplazo por mi cuenta! Pedaleo, pedaleo y… ¡zas!:
me cruzo con un tipo que sólo piensa en dinero. No come por dinero, no duerme por dinero, no tiene nada, sólo dinero dinero dinero. Acepto (no sin resignación) su invitación a ser parte de nuestra civilización (debo Ayudarlo a conseguir más dinero), porque de tanto buscar el dinero, se le acabó el dinero que tenía para hacer más dinero.
Vuelvo a mí, y no sé cómo pasó. Apenas (muy lentamente), puedo sacar mi pie de entre los rayos de la rueda. Me zumban los oídos, arden las palmas de mis manos (están llenas de piedritas), estoy en el suelo, un poco mareado, dudo si reír o llorar. Analizo la situación: gruesa gota de sangre que brota de mi rodilla. Papá (lejos del accidente). Llego a una conclusión: más que mi rodilla ensangrentada, me duele la dignidad. Porque se supone que no tenía por qué caer después de semejante empujón.
“No hay que hacerse problemas, ya pasará” (me enseñó a decir): ya pasará…